Historia

Blog-FOTO-N°-3-Acho-1943Cuando el calendario nos mostraba el 30 de enero, hacían 250 años desde que la antiguamente llamada Plaza de Toros de Lima abriera sus puertas como escenario principal de la tauromaquia peruana cuando rompieron el paseíllo ‘Pisi’, ‘Gallipavo’ y ‘Maestro de España’, tres toreros nacionales que se enfrentaron a un encierro procedente de la hacienda Gómez, traídos por arrieros desde su ubicación en Cañete, a casi 170 kilómetros al sur de Lima. Luciendo sobre el morrillo la divisa caña y rosa, ‘Albañil blanco’ fue el primer astado en ser lidiado en el coso bajopontino.
Durante la época, y a pesar de los terremotos que castigaron a Lima, la capital del virreinato del Perú se nutre de pobladores y riqueza. ‘Es la ciudad más célebre, más grande y más magnífica de todo el Perú’, decía de Lima, al comenzar el siglo, el viajero francés Le Sieur Bachelier. Y es en esa ciudad donde los festejos taurinos se celebraban cerrando plazas con talanqueras, pues no se encontraba dentro de la planificación de la ciudad el dedicar un espacio exclusivo para las corridas de toros.
Es así como durante el verano de 1762, en los terrenos del Hacho, o ‘el punto desde donde se divisa el mar’, se celebra un festejo taurino con una estructura improvisada de tablones y maderos, para conmemorar el ascenso al cargo de Virrey y presidente de la Intendencia del Perú de Manuel Amat y Juniet, aristócrata catalán que sucede en el puesto a José Antonio Manso de Velasco. Siendo esta festividad la que marcaría el cambio de ruta de las corridas de toros en Lima, indicando de esa manera el lugar adecuado para la construcción de una plaza de toros.
Amat encontró en Lima a una guapa mestiza, Micaela Villegas, conocida con el remoquete de ‘La Perricholi’. Los amoríos y correrías que nacen entre ambos llevan a desencadenar una serie de obras en las que, sin quererlo expresamente, da forma a la arquitectura que colinda y engalana el barrio del Rímac, como regalo del galante Virrey a la bella cortesana.
Cuenta la tradición popular que al pedir Amat y Juniet a ‘La Perricholi’ ser su amante formal, ella le responde que
solo accedería cuando ponga la luna a sus pies. Es así como se acho_1890erige el Paseo de Aguas con una fuente de gran longitud y poca profundidad, actuando como un espejo de agua un día de luna llena, en el que pudo ponerla a los pies de su amante. También como parte de los caprichos de amor se construyó la ‘Alameda de los Descalzos’, un hermoso paseo decorado con 12 estatuas de mármol ubicado también a escasas cuadras de la Plaza de Acho. La zona y sus alrededores empezaron a ser un ícono social y escenario de los paseos domingueros de los habitantes limeños, así como los foráneos. Solo quedaba pendiente la construcción de la joya más grande del Rímac.
Don Agustín Hipólito de Landaburu fue desde joven un ascendente militar de la villa de Cañete, nombrado luego con el cargo de justicia mayor de aquella población. Poseedor de grandes extensiones de campo dedicado a la agricultura en el valle, fue incrementando sus arcas haciéndose de una notable fortuna.
Gracias a las dotes económicas, fue promovido al cargo de alcalde ordinario de Lima y, en su segunda gestión, propone al Virrey Amat la construcción de una plaza firme para lidiar toros. Obtiene la autorización de dar inicio a la obra, así como el permiso de formar una temporada anual compuesta por ocho corridas de toros, durante los tres días de carnavales y los jueves previos a dichas fechas. El quehacer taurino mostraría desde esa época su apoyo al bien social, pues del total de utilidades producidas por las corridas, un porcentaje debía ser entregado al Hospicio de los Pobres.
Achoantiguo1870Tras el tiempo de construcción, en la que conformaron la estructura principal, los machones exteriores que llevaban a cuartos y ochavos coronados por arquerías de madera y flanqueados por la barrera que circundaba los 90 metros de diámetro de la antigua plaza limeña. En los medios, y a medida de protección, un templador hacía las veces de burladero de emergencia, en caso un toro hiciera hilo de un desafortunado lidiador. Como dato curioso, la plaza se inaugura aún con un pequeño porcentaje de la obra sin culminar, y tal vez como punto a favor de la afición limeña, la autorización emitida por el Rey Carlos III en una Real Cédula daba el sí a la organización del festejo, pero un año después de que este haya sido realizado.
Económicamente, la plaza tuvo un costo bastante considerable. Se invirtió en la construcción la suma de 107.609 pesos de aquella época, que al tipo de cambio actual podría acercarse a la friolera de 15 millones de dólares, 13.4 millones de euros.
Esta inversión, y según el contrato firmado, debía ser devuelta a la administración virreinal al transcurrir 97 años, pero tras temas hereditarios al fallecer Landaburu y posteriormente su hijo dejar de existir sin ninguna descendencia, la plaza pasaría a ser propiedad del Hospicio de los Pobres, actual Sociedad de Beneficencia Pública de Lima. Antes de suceder esto, hubo un pequeño paréntesis tras la campaña libertadora del Perú. El Marqués de Monte-Mira por orden del Protector del Perú Generalísimo don José de San Martín entra en posesión de la Plaza de Toros de Acho luego que el gobierno dispusiera aplicar el producto de sus entradas en beneficio del ejército libertador, disposición que se observó hasta fines de 1826 en que la plaza fue devuelta a su legítimo dueño.
Con el transcurrir del tiempo la plaza ha mantenido gran parte de su estructura original, aunque han sido tres las modificaciones realizadas para brindar mayor comodidad a los espectadores. La primera de ellas se lleva en 1865 al conmemorar el centenario de la edificación de la Plaza, seguida por la más importante, llevada a cabo en el año de 1944 a cargo de la Sociedad Explotadora de Acho.
Esta intervención a la plaza redujo notoriamente el ruedo, para situarlo en el tamaño actual de 60 metros,rimac-alista-remodelacion-del--jpg_604x0 aumentando también con la excavación la capacidad de aforo, que pasó de los 6300 aproximadamente a los 13000 asientos. Remozada y distinta, aunque igual de emblemática al mantener esa estructura de machones, serie de columnas en forma de portales rectangulares estrechos y de mucha altura, así como parte de la arquería que circundaba el antiguo ruedo. Los cuartos que daban a la barrera desaparecieron al igual que el templador, y, en el verano de 1945 se realiza el primer festejo taurino en la Plaza de Toros de Acho luego de su remodelación. Siendo 7 de enero se anuncia una corrida de toros en la que actúan los diestros Rafael Ponce ‘Rafaelillo’, Juan Belmonte Campoy y Adolfo Rojas ‘El Nene’, quien toma la alternativa, ante un encierro de ‘La Viña’. Las cuadrillas las componen los picadores Juan Ávila, José Murro, Daniel Guichard, Juan Murro, Víctor Camacho y Humberto Murro; los banderilleros Rafael Valera ‘Rafaelillo’, Elías Chávez ‘Arequipeño’, Ginés Hernández ‘Ginesillo’, Zenobio Zapata, ‘Moyano de Lima’, Eugenio Cossío, Noval Montes, Juan Sánchez ‘Miura’ y Ángel Solimano ‘Angelillo’. Como dato que pasó a la posteridad en esta nueva efemérides de Acho, quienes actuaron ante el primer toro, alternativa de ‘El Nene’, fueron los picadors Daniel Guichard, Humberto Murro y los banderilleros Elías Chávez “Arequipeño”, “Moyano de Lima” y Angel Solimano “Angelillo”.
Hoy que la plaza vuelve a ver un verano limeño clarear y pasar el astro rey desde el patio de sol y ocultarse tras el enrejado de las entradas a sombra, vemos que, taurina y normalmente, ha pasado mucha agua bajo el puente, ese que permite al limeño de a pie, o motorizado, cruzar el río Rímac para llegar al barrio donde se enclava Acho.
Además de la tradicional Feria del Señor de los Milagros, llamada primigeniamente ‘Temporada de Octubre’, que rompió fuegos un 12 de octubre de 1946 con un cartel conformado por Toros mexicanos de La Punta y a pie ‘Manolete’, Luis Procuna’ y Alejandro Montani, han sucedido eventos de muchísima trascendencia en el coso bajopontino.
Se celebraron cuatro corridas durante 1821 en la Plaza de Acho, en celebración de la Jura de la Independencia y en honor de don José de San Martín, Protector del Perú y Generalísimo del Ejercito Libertador. En el mismo tono, en octubre de 1823 se realiza una corrida en celebración del también libertador Simón Bolivar.
El 22 de abril de 1844 se observa una rara versión del actual rejoneo, en la que un habilidoso jinete durante la suerte del ‘toro ensillado’ o ‘montatoro’ dio muerte a otro ejemplar con un rejón.
La primera corrida que se torea en solitario ocurre el 2 de diciembre de 1860, donde Angel Valdez ‘El Maestro’ es protagonista de una exigente tarde, lidiando este excelente estoqueador de raza negra 11 ejemplares en una proeza que no ha tenido similar en el tiempo. Es también ‘El Maestro’ protagonista de otra hazaña, quizás la más comentada. El 24 de mayo de 1885 da muerte en la Plaza de Acho al célebre y resabiado ‘Arabí Pachá’, procedente del Valle de Mala y con 10 hierbas a cuestas, había sido lidiado en al menos 4 otras oportunidades como ‘toro para guardarse’. Pudo más el pundonor, maestría y habilidad a la media vuelta de Valdez que los resabios y romana del berrendo, que rodó a los pies del matador.

La siguiente encerrona de interesante reseña sucede el 13 de febrero de 1916- Don Manuel Mejías Bienvenida ‘Papa Negro’ hace el paseíllo en la Plaza de Toros de Acho ante seis muy bien presentados toros de ‘El Olivar’, con la presencia de la famosa cupletista y tonadillera sevillana Resurrección Quijano, triunfante en Lima por aquel entonces, quien además fue la encargada de recibir la llave de toriles. Con apenas un tercio de entrada en los tendidos, consecuencia de sus anteriores poco afortunadas actuaciones, el fundador de la que sería la famosa dinastía Bienvenida cuajó una tarde completísima, tornando a favor la disposición de los aficionados limeños y saliendo a hombros por la puerta grande.
Casi como regalo de navidad, el 24 de diciembre de 1916 hace su presentación en Lima Rodofo Gaona. El ‘Indio Grande’ fue contratado por el empresario Carlos Moreno y Paz Soldán, desembolsando una suma sin precedente alguno para que la afición limeña pudiera ver en su arena a una gran figura histórica del toreo. Pero no sería hasta el año siguiente donde uno de los revuelos más grandes que haya vivido Lima sucediera. Un 18 de diciembre de 1917 arriba al puerto del Callao, Juan Belmote García, para hacer el paseíllo solo 6 días después en Acho. Se presentó alternando con Diego Mazquiarán ‘Fortuna’, también nuevo en la plaza, y Rufino San Vicente ‘Chiquito de Begoña’, ante toros de “El Olivar”, propiedad de Manuel Celso Vázquez. En su presentación, Belmonte no alcanzó el éxito esperado, el mismo que se produjo en su segunda actuación, una semana más tarde.
Dos años después, el 13 de diciembre de 1919, José Gomez Ortega “Joselito” desembarca en el Callao y con premura se enfunda el terno de luces para estrenarse en Lima al día siguiente. Su contrato es para lidiar 8 corridas en Acho, en una de las cuales se encierra en solitario a su beneficio frente a seis toros de la ganadería de “El Olivar”. Su extraordinaria y triunfal actuación culmina con su salida a hombros. La última corrida que lidia en Lima sucede el 12 de febrero de 1920, con los ingresos de la boletería dedicados al beneficio de la Aviación peruana. Es Acho la única plaza americana donde el Maestro de Gelves torearía. Como detalle, el pasodoble que lleva su nombre engalana todos los paseíllos de los festejos en la plaza de abajo del puente.
Avanzado el tiempo, ya en 1946 y durante la tercera corrida de abono de la temporada de verano en la Plaza de Toros de Acho se presenta rodeado de una gran expectativa Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete”. La fama que le precede gracias a las informaciones que llegaban a la capital peruana genera un impresionante interés en el público, tanto aficionado como no aficionado. Pero no pudo ser redondo. El mal juego del encierro de ‘La Viña’ no permitió observar a plenitud al diestro de Córdoba, aunque quedara patente entre los asistentes la personalidad, el valor y poderío de Manolete.
plaza-de-toro-3Dentro de la historia reciente, Acho ha sido escenario de grandes y apoteósicas tardes, protagonizadas por la mayoría de figuras del toreo, quienes han sido triunfadores y merecedores del ‘Escapulario de Oro’ de la Feria del Señor de los Milagros. Ha visto salir de sus toriles a ejemplares de ganaderías de tronío, tanto extranjeras como nacionales, cuyos hierros y divisas engalanan el anillo de la barrera al tomar antigüedad. Ha visto también a muchos paisanos lidiar, estoquear y triunfar, siendo plataforma máxima para cada peruano que se pone delante, desde el aficionado práctico, el becerrista, novillero o matador.
Un templo, una joya, un monumento y, para los aficionados, nuestra casa.